Potser no em sabré explicar, es dificil confesar que res m'ha canviat. No queden motius per dir, que una historia no te fi, quan tot s'ha extingit. No puc oblidar cada segon, cada sensació, cada racó, no puc oblidar, que tu em vas dir mai. No puc oblidar la teva olor, cada pas que faig no te retorn, no puc oblidar, no puc oblidar. Potser no tingui sentit, esperar-te un altre nit que tornis amb mi. Potser avui acavi el món i no em quedin més raons, l'esperanza es fon. No puc oblidar cada segon, cada sensació, cada racó, no puc oblidar, que tu em vas dir mai. No puc oblidar la teva olor, cada pas que faig no té retorn, no puc oblidar, no puc oblidar.
No es eterna l'esperança, però si avui no tornes seguiré esperant.
Siempre me he preguntado por qué el otoño invita a hacer visitas a los rincones de mi alma. Será porque el verano termina, y hago como un recuento del año antes de que termine. Visito la caverna de mi corazón y allí con ternura resigo las cicatrices que en él habitan. Cada año hago un nuevo descubrimiento, las hay que ya cicatrizaron, otras, parece que no quisieran cerrarse, pero esa visita no es tan sólo de cortesía, no necesito guía para llegar hasta ellas, se muy bien en que lugar están. Ya no tienen cara, ni tanpoco nombre, poco importan ya, los rostros de quienes las provocaron y el motivo, tan sólo me importa que se cierren sanamente, el rencor no aporta nada bueno. Alguna que otra vez, intentan visitarme los motivos que las provocaron, pero se como capear ese terreno, he aprendido a hacerlo, si los dejara volverían a herir y no quiero. Con los años y con esfuerzo por querer entender y comprender, aprendí que sólo el paso del tiempo es quien de verdad te hace que esas heridas cicatricen, pero ante todo importante es, la postura que adoptas frente a tales situaciones. Nadie puede asegurarnos, que a nuestro paso por esta vida, estemos exentos de sufrir algún que otro revés, a veces pienso que es la manera que tiene el ser humano de madurar, pero aunque no nos guste, tal vez no haya otro modo de hacerlo. Aún así…
Aprendimos el decoro del fuego, la curiosa simetría de la llama, el calor azul en el centro de los muslos, el rojo flamear en las caderas, la cera dorada de los senos, iluminados desde dentro por la linterna entre las costillas. Te arrancas de mí como una rama que ansía ser injertada en un árbol frutal, melocotón y pera, ambrosías servidas en bandeja. Aprendimos que el desgarramiento podía ser unión, que el llamear del fuego, podía ser brasa, que el viejo decoro del amor –morir en el poema dejándole la pluma al amante solitario- era una antigua mentira. Expulsamos, pues, al ojo maligno –has de ser infeliz para crear; has de ver morir el amor antes de escribirlo; has de perder la alegría para ganar el poema- y reescribimos nuestras vidas con fuego. ¿Ves este manuscrito cubierto de palabras color de carne? Fue escrito con tinta invisible y expuesto a nuestra llama. Las palabras aparecieron en él y nosotros nos hundimos el uno en el otro. Somos tinta y sangre, somos todo lo que mancha. Nos tostamos la piel mutuamente, como si fuéramos soles.
Exponme a la luz; verás poemas. Abrázame en la oscuridad; verás luz.
Llegó de puntillas, sin hacer apenas ruido y pidiendo clemencia ante la dureza de sus palabras.
Ella, que todo lo había esquivado desde su torreón, a salvo de que nada ni nadie pudiera o pudiese hacer tambalear aquel muro, construido con tan sumo cuidado, mientras veía la vida pasar con una extraña mezcla de nostalgia y melancolía. Anhelando caricias, besos, abrazos, palabras que de nuevo la hicieran estremecer, pero prefirió mantenerse al margen de todas aquellas sensaciones ya vividas, y cerrar cualquier sentimiento bajo llave en el baúl de su memoria. Se planteó la vida como un reto. El reto de no volver a sentir, amar, desear, añorar. A pesar de todo, alguna que otra vez, se había preguntado, si aquella era forma de vivir la vida, pero jamás halló respuesta, tampoco le importaba no hacerlo. Había adoptado una postura cómoda, si, cómoda y a la vez cobarde.
Era consciente de que los años se le iban escapando de las manos, muchos años antes de separarse, ya había tenido aquella sensación.
¿Dónde estaba ahora su autosuficiencia? ¿Por qué estaba dudando? ¿Qué la había hecho plantearse de nuevo su forma de vivir? ¿Había bajado la guardia? Intentaba averiguar en qué momento, había conseguido aquel extraño colarse en el interior de su mundo, nadie había logrado acercarse tanto a ella.
No hubo elogios, ni palabras embaucadoras, tan sólo una batalla encarnizada de palabras a las cuales él, no pidió tregua alguna, aguantó estoicamente todas y cada una de las embestidas de ella y aquella noche, no regresó…
Su noche se hizo eterna, la cama se tornó pequeña, invadieron su espacio planteamientos y dudas ya olvidadas, el tiempo se declaró ausente hasta que el sueño vino a buscarla.
En la oscuridad de su habitación, se hace estas preguntas, mientras no puede dejar de imaginar, sus manos sobre su cuerpo. Extraña sensación, mezcla de odio y ternura, deseo y rechazo, veneno y antídoto, pero todo…para tomar de a poco, para ser saboreado hasta el último suspiro. Sabe que puede prescindir de él, pero… ¿quiere hacerlo? Le vence su voz, su respiración, cada jadeo, cada gemido, cada suspiro, es una serpiente que la envuelve y la arrastras cada vez más, hacia él. Ha dormido apoyada en su espalda, ha dibujado con trazo firme sobre su pecho, la ruta de viaje hacia un mundo de sensaciones, todas ellas aún por descubrir. Se ha evaporado entre sus piernas, jugando a acelerar su respiración, y ¿por qué no?, también la suya propia. Consigue hacerla acariciar el cielo, con las yemas de sus dedos, para segundos más tarde, abandonarla y hacerla descender hasta lo más profundo de los infiernos, donde el calor le abrasa las entrañas, donde sus dedos ya no son suficientes, y recurre a objetos con formas fálicas, evocando que de repente, se conviertan en él.
Si, te echo de menos, a cada día que pasa, a cada instante. Las ausencias no pueden vestirse con ausencias, aún así lo intento con recuerdos, pero tú sabes igual que yo, que no es lo mismo. Nos quedaron tantas cosas por decir, por descubrir y compartir, que ahora no sé qué hacer con ellas. Y sé que no regresaras, sé que no vas a volver, pero aún sabiéndolo… te sigo echando de menos. Si cierro los ojos y busco en uno de los estantes de mi memoria, soy capaz de rescatar tu voz y consigo que se haga más llevadera tu ausencia, pero aún así…te sigo echando de menos. Puedo sentir la fuerza de tu mano sobre mi hombro, cuando a veces algo me preocupa, y si, sé que estás aquí, que me acompañas en noches de desvelo, como esta, como tantas otras noches pero… te sigo echando de menos. ¿Sabes?, tengo la sensación de no haberte dicho tantas veces como habría querido, que te necesitaba, que te quería, que me harias falta siempre, que siempre estuviste cuando más te necesitaba, pero ahora, de poco valen ya las palabras y el sentir, cuando ya no puedo hacer ni decirte nada, más que recordarte y retenerte en ese estante de mi memoria.